jueves, 3 de noviembre de 2016

ASISTENCIA SANITARIA EN JESÚS NAZARENO. LA FARMACIA DEL HOSPITAL. Texto íntegro



Con la exposición de hoy trataré de dar a conocer el discurrir de la asistencia médica y farmacéutica en uno de los establecimientos más emblemáticos del valle de los Pedroches, el Hospital de Jesús Nazareno de Pozoblanco, con el que la población pozoalbense tiene contraída una deuda perenne.

fotografía de Juan Antonio

LA ASISTENCIA SANITARIA
La enfermedad y la pobreza mantienen una vinculación tan estrecha y constante, tan evidente, que hasta nos permitimos referirnos a ellas con una única expresión, “la enfermedad de la pobreza”.
Para combatirla, la prestación sanitaria ha resultado imprescindible así como la participación de profesionales y establecimientos especializados. En este sentido, Pozoblanco ha sido una población afortunada porque nunca ha estado huérfana de facultativos y de centros sanitarios.
En la época tratada, a partir del siglo XVI, fueron numerosos los oficios y personas que ejercían actividades relacionadas con la sanidad pero no todas contaban con la preparación y los conocimientos exigidos.
De ellas los médicos ocupaban el peldaño más alto en el escalafón, eran los profesionales más acreditados, también los mejor remunerados y constituían el único colectivo de la sanidad con requisito universitario y con un cierto conocimiento científico.
No sucedía lo mismo  con  los demás  practicantes  de  la  asistencia sanitaria –cirujanos, sangradores o flebotomianos, parteras o comadres, dentistas, enfermeros, boticarios, albéitares, barberos, sanadores, charlatanes, curanderos-, situados en un plano académico muy inferior, aunque algunos de estos profesionales, como los cirujanos, boticarios y albéitares -los precursores de los actuales veterinarios- mejoraron su preparación y prestigio tras la creación de centros superiores para regular la actividad como sucedió, por ejemplo, con los Colegios de Cirugía.
En Pozoblanco, de todos los colectivos anteriores, he comprobado en la documentación la presencia más o menos continuada de médicos, cirujanos, boticarios, sangradores y barberos; estos dos últimos oficios fueron los más numerosos, en cambio han sido los que menor huella han dejado en los archivos pues ejercían la actividad por libre, de forma intermitente, y casi nunca fueron obligados a mostrar credenciales para poder justificar y practicar su labor.

Por el contrario, las informaciones sobre médicos, cirujanos y boticarios no faltan en la documentación notarial y municipal al ser los mencionados empleos concertados previamente con las autoridades del concejo y plasmados en acta capitular y en escritura pública. En cambio, las alusiones a parteras o comadres son limitadas, y es que durante mucho tiempo fue un oficio ejercido no de forma profesional ni tampoco permanente sino como un complemento y habilidad de ciertas personas solicitadas para estos menesteres.

En cuanto a las enfermedades padecidas por los vecinos, según la documentación manejada, las más habituales fueron las calenturas o fiebres intermitentes (tercianas); los tabardillos; la gota; la pleuresía; la amenorrea; parálisis; hidropesía; carbunco, ántrax o pústula maligna; panadizos; las afecciones oftálmicas; difteria o garrotillo; tuberculosis; disentería, perlesía, tos ferina o coqueluche; y con carácter epidémico el tifus, la viruela, gripe, cólera, sarampión, paludismo…

Establecido quiénes eran en Pozoblanco los profesionales dedicados a la asistencia sanitaria y las enfermedades más frecuentes que padecían los vecinos, pasemos ahora a considerar los establecimientos en los que se llevaba a cabo la mencionada asistencia y la clase de personas atendidas.
Al cotejar el amplio campo por el que se mueve la asistencia sanitaria con la historia local comprobamos que siempre hubo ciertos sectores de la población que recibieron una atención preferente por parte de las autoridades: fueron los afectados por el mal de la pobreza.

En Pozoblanco, desde el siglo XVI, está constatado el auxilio prestado en determinados establecimientos a ancianos enfermos o sin recursos, a pobres y mendigos, a viudas desamparadas, a viajeros transeúntes y a todo un conjunto de personas en situación marginal a quienes se ofrecía asistencia, comida y cobijo sólo por unos días o bien durante una larga temporada, a veces incluso hasta después de morir, costeando su funeral.
Estos centros de acogida recibían, por lo general, el nombre de “hospital” y en Pozoblanco el primero de los que tenemos noticia fue el fundado por la cofradía de la Caridad, cuyas ordenanzas y constituciones datan de 1564.
El hospital de la Caridad estaba ubicado ya en esa época (1580) justo en la misma parcela en la que hoy nos encontramos, en la esquina que ocupa el actual templo de Jesús Nazareno, en la llamada entonces plazuela de Diego Cabrera. Hay quienes lo identifican con el denominado Hospital de la Bienaventurada Señora Santa Catalina, que aparece en la documentación a partir de 1579, aunque aún nos asaltan dudas sobre la identidad o bien la coexistencia diferenciada de ambos establecimientos.

En enero de 1607, poco después de fundarse la cofradía nazarena pero con anterioridad a la construcción de la ermita y por supuesto del hospital de Jesús, Inés Rodríguez era la vecina encargada de la casa-hospital de la Caridad, “teniéndola limpia y al cuidado de los pobres enfermos que a ella vinieren y lo que en la dicha casa sea necesario y a no hacer ausencia de la villa”, todo ello a cambio de 80 reales anuales.
La casilla permaneció en pie hasta la segunda mitad del siglo XIX formando parte ya del complejo hospitalario de Jesús Nazareno pero manteniendo, como tal inmueble, una situación jurídica y de propiedad distinta al resto del establecimiento nazareno.
Precisamente en abril de 1875, en sesión municipal se trató la reclamación del administrador del hospital de Jesús Nazareno sobre “un pedazo de terreno sito en la plazuela de la Iglesia que hace esquina con la iglesia del citado hospital y en el que está construida una casilla llamada de la Caridad con el fin de incluirlo en el patio de dicha iglesia y dándole ensanche a la entrada”. El ayuntamiento concedió de forma gratuita lo solicitado y a cambio exigió que el hospital reformara completamente las paredes del cerco y la portada de entrada.

No obstante, la casilla había dejado de estar en uso para fines asistenciales mucho antes pues ya el catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII, señala que la cofradía de la Caridad contaba con una casa-hospital para el recogimiento de los pobres no en el citado lugar sino en la calle de San Gregorio.

Hasta esa época los llamados hospitales eran en realidad verdaderos asilos provisionales y enfermerías de muy limitado alcance y podemos deducir la asistencia médica ofrecida entonces a los enfermos comprobando los convenios firmados por el concejo de la villa con sucesivos doctores, el llamado “asiento de médico”. Por ejemplo, en 1602, el doctor Acacio Sánchez, vecino de Hinojosa del Duque, realiza contrato con las autoridades de Pozoblanco y se compromete a venirse a esta villa con su casa y familia y curar de medicina en ella por tiempo y espacio de un año. El médico se obliga a curar a cien vecinos, y a sus mujeres y criados, vecinos que le serán dados y señalados escritos en un memorial, y además cincuenta casas de gente pobre. Asistirá también a los pobres y transeúntes acogidos en el hospital de la Caridad. Todo ello a cambio de 1.100 reales anuales, 144 celemines de trigo y casa para vivir.
Pero existían otros colectivos tan necesitados o más que los pobres y enfermos y eran los integrados por los llamados expósitos y los huérfanos de corta edad, sobretodo si pertenecían al género femenino.
Desde el inicio de su existencia el hospital de Jesús Nazareno dedicó esfuerzos al cuidado y sostenimiento de niñas abandonadas o sin parientes y la prueba es que en los primeros años de funcionamiento el hermano Diego de la Cruz aparece con el título de administrador del Hospital de Jesús y Conservatorios de Niñas Huérfanas.

Anteriormente a la creación del hospital en Pozoblanco la costumbre consistía en nombrar cada año por el concejo un llamado “padre de menores” cuyo cometido era el de acomodar a los expósitos en casas particulares a cargo de una parturienta que garantizara el sustento y la asistencia a la criatura abandonada a cambio, claro está, de una remuneración ofrecida por el municipio.

Por tanto, la fundación del hospital de Jesús significó un evidente alivio a esta problemática al centralizar en él casi todo el dispositivo asistencial. Esta labor humanitaria en favor de la infancia persistió hasta que las autoridades políticas, ya en fecha muy tardía, siglo XIX, decidieron crear casas de expósitos costeadas por los municipios, una de las cuales se ubicó en Pozoblanco aunque acogía a los de toda la comarca. El hospital de Jesús fue en ocasiones sede de la citada casa de expósitos y, por ejemplo, durante 1872, atendió a un total de 79 expósitos menores de 5 años.
El hermano Diego de la Cruz inició su labor caritativa en Pozoblanco precisamente junto a la casa-hospital de la Caridad y a la ermita nazarena, y fue la constatación de la insuficiencia de instalaciones y recursos junto con el aumento considerable de personas necesitadas de ayuda lo que le impulsó a crear un establecimiento hospitalario propio y a solicitar del obispo la fusión de ambos hospitales: “que la cofradía de la Caridad de esta villa se una con este hospital, por servirse ambas cosas en una sola Casa y que esto corra por un solo sujeto que se eligiese”, que fue él.
Con ayudas varias, entre las que sobresale el legado de Marta Peralbo, el hospital de Jesús Nazareno fue creciendo en extensión y servicios, adquiriendo una considerable superficie mediante sucesivas compras, donaciones e intercambios de inmuebles y otras propiedades.
Aunque los documentos manejados apuntan al año de 1683, no conocemos aún la fecha exacta en la que fue erigido el hospital de Jesús Nazareno. Y es que transcurrido apenas un siglo las autoridades ya exponían que “no tenían noticia de documento alguno que acreditase la fundación, ni aprobación ni erección de este hospital”.

El primer doctor que asistió a enfermos en el hospital de Jesús fue Pedro Fernández Calero. De los que ejerció en la villa, fue también el primero natural de ella. En 1686 le sustituyó Pablo Cárdenas Mondragón, natural de Guadalcanal y vecino de Córdoba que concertó su labor a razón de 200 ducados anuales, 2.200 reales; por cada visita efectuada llevaría un real, salvo a los pobres de solemnidad y a los enfermos que estuvieran en el hospital de Jesús Nazareno a los que había de asistir de balde. El contrato impone la prohibición de abandonar la villa sin el permiso de las autoridades, salvo en casos especiales y siempre que no transcurra más de un día y una noche de ausencia. Es una preocupación del concejo que también afectará a cirujanos y boticarios en sus respectivos contratos.
El famoso médico del agua, don Manuel Vicente Pérez, ejerció el oficio en Pozoblanco desde 1728 hasta 1742 y también asistió a los enfermos del Hospital de Jesús. En los sucesivos convenios firmados, a cambio de 6.600 reales de vellón anuales, Pérez se obligaba a ”hacer todos los días dos visitas a los enfermos vecinos de la villa, asistirlos de balde, sin llevar cosa alguna por dichas visitas, y asimismo a los hermanos y hermanas del santo hospital y enfermos que vinieren a curarse a él”.
Vicente Pérez fue un galeno muy singular y polémico que alcanzó fama nacional. Sostenía que la curación es debida a la naturaleza, no a los medicamentos oficiales de la época, mucho más caros y no por ello más eficaces. Entusiasta del agua, se declaraba enemigo de los purgantes y de las sangrías, que considera nocivas porque debilitan al organismo, y hasta propuso que los pintores no representasen a la muerte con guadaña sino con la lanceta de los sangradores: “Salgan a mi defensa tantos ciegos, mancos i cojos; salgan a mi defensa quantos viven una muerte prolongada; salgan quantos viven sin ojos, sin pies, sin manos, sin salud, solo porque se dejaron sangrar”. Pese a todo, todavía en la segunda mitad del siglo XIX el hospital adquiría sanguijuelas por centenares.

En esta época los convenios de contratación de cirujanos caminaban por la misma senda. Debían asistir “a todos los vecinos de la villa, de cualquier estado que fueran y que se hallaran enfermos. Y asimismo a los forasteros pobres que entraren a curarse en el Hospital de Jesús Nazareno de ella, haciendo diariamente a cada enfermo dos visitas, una por la mañana y otra por la tarde o más si la necesidad lo pidiere, aplicando y haciendo a cada enfermo la curación que según su ciencia e inteligencia tuviere por conveniente para que consigan el beneficio de la salud”.

En la segunda mitad del siglo XVIII el hospital disponía de dos enfermerías, una para hombres y otra destinada a mujeres. La masculina, que era doblada, contaba con 12 camas para otros tantos enfermos, separadas unas de otras por una estructura de madera de escasa altura, y 2 camas más para los hermanos que cuidaban de ellos. Cada cama consistía en un armazón o banco de tablas, un colchón de lana, un paño interior, una sábana, almohadas y otro paño a modo de sobrecama o cobertor. En invierno los enfermos ocupaban el piso superior con la misma disposición aunque era frecuente tener habilitadas las dos enfermerías ante el número crecido de acogidos.
La enfermería femenina estaba ubicada en el área reservada a la clausura y corría a cargo de las hermanas hospitalarias. Ligeramente más pequeña que la destinada a hombres, se componía también de dos naves divididas por columnas y arcos. Disponía igualmente de 12 camas.

Cada vez que fallecía uno de los asilados, la cama y toda su puebla eran sacadas y oreadas durante varias días hasta que retornaban al lugar habitual. Hay que advertir que aunque las enfermedades tratadas en el hospital eran de muy diversa índole, estaban excluidos los enfermos de epidemias, los incurables o aquellos afectados por dolencias venéreas.
Algunas relaciones de las décadas finales del siglo XVIII sobre asiento de pobres acogidos señalan una cifra media anual superior a 40 varones y 45 mujeres, con una mortalidad considerable, del orden del 7%. La proporción de acogidos transeúntes era de 11 hombres por cada mujer.
El número de enfermos tratados en el hospital indica que la ayuda médica practicada por el establecimiento superaba con creces la función ejercida de asilo: la media de actuaciones era de unas 4.500 anuales, cifra que podía duplicarse en años especialmente virulentos.

El protocolo para sed admitido era el siguiente: el solicitante, de palabra o por escrito, tenía que cursar una petición haciendo constar su necesidad y estado de pobreza y el personal médico de la villa, tras reconocerlo, le entregaba una especie de cédula con la que el afectado se presentaba ante el responsable  del hospital. Con la notificación del galeno y siempre que hubiera cama disponible, la admisión no solía representar problema alguno. Sin embargo, ya en el siglo XX, el laicismo conocido o confeso de algunos afectados provocó el rechazo a ser admitido: en julio de 1932 un vecino de la localidad dirigió reclamación al alcalde exponiendo que se encontraba en el campo y padecía una enfermedad aguda a cuya curación no podía atender. Había solicitado ser admitido en el hospital pero el capellán-administrador del establecimiento se opuso a ello fundando la negativa en la creencia de que el citado enfermo había declarado en testamento su condición de ateo.

A finales del siglo XVIII, el Estado intentó institucionalizar la caridad canalizando los bienes destinados tradicionalmente por la Iglesia y los particulares para la atención a los necesitados. Pero algunos centros, como el hospital nazareno,  consiguieron mantener su idiosincrasia.
Ya en el siglo XIX funcionó como hospital de sangre con motivo de la guerra de Independencia contra Napoleón, centralizando en él la atención quirúrgica y sanitaria, además de la farmacéutica, tanto a las huestes francesas como posteriormente a los soldados españoles. Más tarde, durante la primera Guerra Carlista, atendió “con el esmero y aseo que el establecimiento tiene acreditado” a los soldados heridos a cambio de cinco reales por cada estancia individual, siendo por cuenta del ejército el suministro de alimentos y las medicinas recetadas por los facultativos, así como los salarios de éstos, sus practicantes y demás sirvientes necesarios.
La desamortización de Mendizábal asestó un duro golpe al sustento económico del hospital que asistió a la pérdida de control y sucesiva subasta de gran parte de los bienes que había administrado hasta entonces. En marzo de 1841 el gobernador provincial, Ángel Iznardi, visitó Pozoblanco y el hospital de Jesús Nazareno, y mostró su extrañeza ante el elevado número de hermanos (6) y hermanas (16) y la escasa cifra de enfermos, proponiendo la reducción de gastos y el arriendo de todas las fincas que integraban su caudal; y aprovechó para recordar que las obras pías fundadas por Marta Peralbo y por la cofradía de la Caridad pertenecían exclusivamente a los fondos de la beneficencia municipal.
Con la consolidación del liberalismo, la sociedad comienza a considerar el problema de la asistencia a los pobres como una obligación de los poderes públicos. Por otra parte, el avance de la ciencia médica dio paso a una especialización de los hospitales que dejaron de ser asilos para convertirse gradualmente en centros destinados a la curación, excluyendo a los enfermos crónicos y a los viejos.
En definitiva, se está produciendo una evolución, que observamos nítidamente en el hospital de Jesús Nazareno, donde los gobiernos y las leyes liberales imponen un modelo de tutela sobre el funcionamiento y la administración del hospital mediante distintas fórmulas en las que cobran gran protagonismo las Juntas Municipales de Beneficencia y Sanidad y, posteriormente, la Junta de Patronos.
Para entonces el sistema de financiación, basado casi exclusivamente en limosnas, donaciones y beneficios procedentes de rentas propias resultaba claramente insuficiente para mantener al hospital y ante esta situación sería el concejo el que paliara el déficit con partidas procedentes del presupuesto municipal. A cambio, el control del establecimiento quedaba en manos de un administrador nombrado por el propio ayuntamiento y sometido al control periódico de éste: así, en febrero de 1869, los munícipes y el administrador giraron visita al hospital a fin de comprobar el estado en que se hallaba, tanto en lo que concernía al personal como al material, el estado de los enfermos y enfermas, el registro de los libros de inventario de fondos y demás cuestiones de interés general. Tras visitar las enfermerías, lavaderos, cocina, despensa, roperos y demás oficinas, lo hallaron todo en el mejor estado, pasando luego a la comprobación de los libros contables y documentos del archivo.
En 1894 dos médicos titulares de la localidad redactan una memoria del estado sanitario de Pozoblanco y en lo que respecta al hospital de Jesús Nazareno señalan lo siguiente: “El Hospital de esta Villa es capaz para las dos enfermerías que tiene. Grandes y buenas reformas pudieran hacerse en él para presentarle como un modelo, pero la carencia de recursos obliga a dejarle en tal estado. Puede ser clasificado como bueno para las necesidades locales y algunas de fuera”. Acto seguido se refieren a los buenos servicios que se prestan en el mismo por parte del personal asignado. Y añaden con gran sentido del humor: “Tampoco hay casas de socorro; en las urgencias, todas las [viviendas] de la población adquieren esta cualidad y principalmente las oficinas de farmacia, casinos, cafés y centros [artísticos] donde es fácil hallar personal facultativo”.
En definitiva, a partir de la segunda mitad del siglo XIX los médicos titulares de la localidad, como asalariados y prestatarios de la Beneficencia Municipal, fueron los encargados de la asistencia médica a los enfermos estantes y transeúntes en el hospital de Jesús Nazareno y esta situación se mantuvo durante gran parte del siglo XX.
Paradójicamente, en 1930 se produjo una iniciativa municipal para devolver a Jesús Nazareno la función de cobijo que éste había tenido en su fundación mediante la propuesta de creación de “un asilo en donde pudieran ser acogidos los ancianos y otros necesitados de asistencia”, propuesta que fue aprobada por unanimidad en la Junta de Patronos.
En el pasado siglo XX la casa de Jesús Nazareno ha actuado como hospital, asilo, residencia de ancianos, consultorio médico, puesto de socorro para accidentados, quirófano, centro de vacunación y otras varias funciones relacionadas con la sanidad.

LA ASISTENCIA FARMACÉUTICA. LA BOTICA DEL HOSPITAL
El personal dedicado a la venta y comercialización de medicamentos no estaba reducido a la figura del boticario. Existían también herbolarios y especieros así como drogueros. La dispensa de medicamentos propiamente dichos se llevaba a efecto fundamentalmente en tres ámbitos: hospitales, conventos y boticas.

Según las disposiciones legales vigentes, la botica debía contar al menos con tres dependencias o habitaciones distintas: una dedicada a andanas y despacho; otra destinada a almacenamiento; y una tercera utilizada como obrador o taller donde  elaborabar los medicamentos.
Era exigencia ineludible contar con un surtido completo de medicamentos pues la falta de este requisito permitía decretar el cierre del establecimiento. La supervisión del surtido de la botica era efectuada mediante comparación con una lista de medicamentos de obligada venta que el inspector visitador llevaba; si faltaban algunos, se amonestaba o incluso sancionaba y al cabo de cierto tiempo se producía una nueva inspección para comprobar que se habían repuesto.

En cuanto a los productos que componían el surtido de la botica podemos afirmar que llegaban a ser innumerables: hierbas, frutas, aguas, alcoholes, aceites medicinales, cocimientos, infusiones, jarabes, extractos, mieles, sales, inhalaciones, pastillas, píldoras, polvos, emplastos,  cataplasmas, cosméticos, colirios, ungüentos, simples, electuarios, epitomas, clisteres, sufimentos, linimentos, cucufas o algodones, friegas, escudos, espíritus, licores, piedras preciosas, metales, productos animales… Ya saben, “hay de todo, como en botica”.

La conservación de todos estos preparados siguió durante siglos las pautas impuestas desde época romana: los productos húmedos se introducían en recipientes de metal, loza, cristal o cuerno; las flores en cajas de madera y las semillas preferentemente en papel. Los musulmanes popularizaron los famosos albarelos, botes de cerámica o vasijas cilíndricas de boca bastante ancha y más estrechos en la parte central que disponían de tapa y llevaban inscrita una leyenda alusiva al contenido.
El aspirante a ejercer la profesión seguía un proceso de aprendizaje junto a un maestro boticario y una vez lograda la suficiente experiencia solicitaba ser examinado ante el Protomedicato en Madrid. Superada la prueba se le expedía un título acreditativo para ejercer la profesión siempre que cumpliera y presentara documentalmente una serie de requisitos añadidos como abonar los derechos de título, haber cumplido 25 años de edad, presentar la fe de bautismo, demostrar limpieza de sangre, adjuntar un certificado acreditativo de dominio del latín, que era la lengua utilizada en los preparados farmacéuticos y en las recetas dispensadas por los médicos, y certificar un período de prácticas de al menos cuatro años bajo la supervisión de un boticario titulado.

Todo da a entender que el primitivo hospital erigido por Diego de Novoa contaba permanentemente con una especie de botiquín, situado junto a la enfermería, surtido con algunos preparados farmacológicos habituales. Pero también debía acudir de modo frecuente a adquirir los fármacos del boticario contratado por la villa cuyo arsenal solía ser más completo y variado. Esta dependencia de botica ajena resultó muy onerosa y de ahí el deseo constante del hospital por contar con farmacia propia administrada por un profesional a su servicio.
Sabemos que hacia 1773 el hospital se encontraba alcanzado con una considerable cantidad debido a las obras para construir de nueva planta una botica que prestara servicio no solo a la santa casa sino también al público en general. De esa fecha es precisamente la fábrica del impresionante almirez que todavía conserva el hospital. Concluidas las obras, el siguiente paso consistió en contratar a la persona idónea para ponerla al frente de ella. Eligieron a Miguel de Cabrera y Sepúlveda que contaba con cierta práctica y estudios pero carecía de título acreditativo dado que aún no se había presentado al preceptivo y costoso examen en Madrid. El hospital le adelantó el dinero necesario para obtener el título.

A comienzos de 1776 se abre expediente matrimonial en el obispado de Córdoba a nombre de los contrayentes, Miguel de Cabrera y Sepúlveda y Francisca de Arévalo y Sepúlveda, parientes en tercer grado de consanguinidad. Para obtener la licencia eclesiástica, pero con su complicidad, los esposos señalan que son pobres de solemnidad y que no poseen bienes ni caudal alguno, afirmación poco veraz dado que ambos pertenecían a linajes importantes en la villa y ella procedía de familia dedicada tradicionalmente a la profesión farmacéutica. A cambio de la aprobación se le impondrá al contrayente como penitencia hacer durante cierto tiempo algunos servicios en el hospital de Jesús Nazareno, y llegado el momento el hermano presidente del establecimiento, José de los Dolores, dará fe de que ha cumplido los deberes impuestos.

Ustedes se preguntarán el porqué de tantos tejemanejes. Y la respuesta es bien sencilla. La normativa de la época prohibía regentar farmacias a instituciones y miembros de órdenes religiosas, salvo casos muy especiales, pero como al hospital de Jesús le interesaba contar con ella, la solución que ideó fue la de construirla y ponerla mediante convenio a nombre de un boticario particular que fuese vecino de la población y de su total confianza. Como en esa fecha no existía candidato que cumpliese los requisitos, el hospital soslayó el obstáculo patrocinando a Miguel de Cabrera en sus estudios, prácticas y examen y amortizando la inversión con la “penitencia” impuesta  y el trabajo posterior del aludido.

En enero de 1781 firmó nuevo contrato con el hospital por el que continuaría “cuidando, gobernando, beneficiando y administrando sus venenos y medicinas, utilizando todos sus productos sin moverla al sitio en que se halla, con la obligación de suministrar y dar de balde al referido Hospital todas las medicinas que necesitare para la curación a los hermanos y hermanas de él; y a todos los enfermos de ambos sexos que se admitiesen en sus enfermerías según las recetas del médico y cirujano que asistiesen…” Si llegase el momento en el que el boticario decidiera dejar la farmacia debería devolverla a su legítimo dueño, el hospital, en el mismo estado e inventario que se le entregaba y dando aviso de ello con al menos quince días de antelación.

Los gastos anuales en adquisición de medicamentos para la farmacia rondaban en estos años finales del siglo XVIII los 3.000 reales.
La oficina estuvo a cargo de este boticario hasta febrero de 1786, momento en el que decidió establecer botica por su cuenta en la villa, aunque el acuerdo de rescisión no resultó amistoso porque el hospital consideró perjudicados sus intereses y exigió ante los tribunales la indemnización pertinente. En julio de 1787 la justicia obligó al boticario a abonar al hospital la considerable cantidad de 700 ducados, 7.700 reales, a pagar en siete plazos anuales, previa fianza de 1.000 ducados.

Para sustituir a Miguel de Cabrera el hospital contrató al boticario Mateo Galán que pasaba a regentar la farmacia por tiempo de seis años a concluir en 1792 y se obligaba a “gobernar la botica con el mayor cuidado, celo y diligencia y continuada asistencia, trabajando todas las medicinas de que debe estar surtida de los sitios o almacenes que le pareciese, trayendo los simples de que deba surtirse de los sitios o almacenes que le pareciere conveniente, haciendo de ellos y de las hierbas y más efectos de que debe componerse las medicinas, aquellas maniobras y composiciones que son propias del ejercicio de Boticario, por su propia persona, ayudándole cuando los casos lo exijan cualquiera de los hermanos de dicho Hospital, o hallándose ocupados otra cualquier persona que elija el Presidente, pagándose a ésta su trabajo de cuenta de la Botica. Que el surtimiento de ésta ha de ser a costa del citado Hospital, quedando a beneficio de éste todas las utilidades y emolumentos que produzca”.
Mateo Galán debía llevar diariamente la contabilidad de ingresos y gastos, entregando todas las noches las cantidades diarias percibidas pues el boticario quedaba como un simple administrador de ella, sin dominio en su propiedad y usufructos, aunque con amplias facultades para las compras y otras disposiciones. A cambio del trabajo, el hospital le pagaba a razón de nueve reales diarios, seis de ellos en dinero efectivo y los restantes en productos de la botica, cosechas o producciones del hospital. El contrato con Mateo Galán fue renovado primero por 6 años, hasta 1798, y a continuación por dos años más, hasta 1800.
La ocupación francesa afectó al funcionamiento de la farmacia y es posible que ésta llegara a desaparecer durante algunos años pues en marzo de 1821 el hospital adquiere una botica en El Viso valorada en 2.575 reales por todo el andanaje, botes, géneros simples y compuestos y la traslada al hospital de Jesús. Acto seguido contrata como regente de la misma a José Blanco Moreno con un salario diario de 10 reales más cama, comida y habitación dentro del establecimiento.
En 1826 el nuevo facultativo era Fernando María Osuna Barranco, natural de Baena y casado por dos veces en Pozoblanco. El santo hospital encontraba cada vez más impedimentos legales para conservar la botica a su nombre aunque seguía intentando obtener licencia de la Junta Superior de Farmacia en Madrid e incluso del propio rey Fernando VII.

Pese a las gestiones desplegadas la autorización nunca llegó y en mayo de 1828 el hospital se vio obligado a vender la farmacia al citado Fernando María Osuna, “con la condición que si en lo sucesivo se consiguiese de la bondad de S. M. el que pueda tener botica este piadoso establecimiento, se le ha de volver a vender”. Además el boticario se comprometía a “suministrar cuantas medicinas sean necesarias y receten los facultativos tanto de medicina como de cirugía para los enfermos y enfermas pobres que se curen en el Hospital, sus hermanos, hermanas y padre capellán, por cuya razón le ha de pagar catorce reales diarios y dos carretadas de leña al año, y seis libras de cera”. El valor de la farmacia, tasada en 5.012 reales, lo iría abonando paulatinamente, y en la cantidad estaban incluidas de forma desglosada las medicinas, las redomas y botes, el utillaje de metal y cristal, el andanaje de madera y los tamices y cedazos, pero “…sin incluir el almirez pues esta pieza tasada en setecientos reales queda para el uso que le convenga en lo sucesivo al Hospital a no ser que le acomode venderla al mismo don Fernando y a éste su compra…” [El documento se refiere a este magnífico ejemplar de bronce].

El hospital se obligó igualmente a alquilarle “la pieza donde hoy existe la oficina sin interés alguno y la casa que hace esquina a la calle de la Iglesia propia de este Hospital, sólo ha de pagar por ella veinte y cinco ducados anuales”.
En abril de 1831 la Junta Gubernativa del Hospital decidió reducir el número de camas (6 para varones y 5 para mujeres) hasta tanto la santa casa mejorase económicamente; puesto que habría que curar menos enfermos, también disminuyó lo pagado al farmacéutico, 10 reales diarios.
La farmacia estuvo operativa en el hospital hasta los años cuarenta del siglo XIX aunque en declive tal como señala el famoso Ramírez de las Casas-Deza que también fue médico en Pozoblanco: “La botica está mal dirigida y las medicinas de ella no son las mejores porque el boticario tiene su oficina dentro del establecimiento”. A partir de esa década quedó reducida a botiquín, continuando solamente las farmacias particulares regentadas por especialistas titulados y ubicadas en distintos lugares de la villa, siendo éstas las encargadas de suministrar al querido establecimiento las medicinas que necesitaba, bien a título particular o bien como parte de la prestación de la Beneficencia Municipal.

De todos modos, y para finalizar, no olviden ustedes el viejo y sabio consejo: “Ida por ida, más vale a la taberna que a la botica”. Muchas gracias.

José Luis González Peralbo

Los Viernes de Jesús. Pozoblanco, 28 – 10- 2016 

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